La noche del evento en la Puerta del Sol tenía una luz especial, ese tipo de brillo que aparece cuando un lugar que conoces de memoria se transforma ante tus ojos. Desde la zona para invitados —un privilegio que me regalaron dos décadas analizando el mundo Apple—, la plaza parecía funcionar en una dimensión paralela. Las fachadas se teñían con destellos que viajaban de un edificio a otro, el murmullo del público se convertía en un latido constante y el escenario tenía la presencia de una instalación artística más que la de un montaje temporal. El primer acorde de Diego del Morao atravesó ese ambiente como una ráfaga templada. En ese instante, la ciudad pareció detenerse y respiramos al mismo tiempo, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Luego llegaron Israel Fernández, Amaia y Dellafuente. Cada uno añadió un color distinto a la noche, como si las emociones se organizaran en capas. Israel aportó esa profundidad casi misteriosa que escapa a cualquier explicación; Amaia, la fragilidad luminosa que sostiene verdades sencillas; y Dellafuente, una energía tan física que se sentía vibrar en el suelo. Desde mi lugar, veía cómo la gente no sólo escuchaba: se dejaba llevar por cada detalle. Sol, acostumbrada a tantas celebraciones, parecía rendirse a un momento que tenía algo de íntimo y colectivo a la vez. No pretendía ser una celebración de tecnología: era más bien un concierto, sí, pero también una oportunidad de revisar quiénes somos, de reconocer nuestra identidad y mirar hacia adelante.

Mientras todo esto ocurría, me llamó la atención lo que sucedía en el escenario sin reclamar atención. Más de treinta iPhone 17 Pro grababan con precisión milimétrica y las cámaras diseñadas para Vision Pro capturaban el espacio en vídeo espacial. Los técnicos se movían con una coordinación tan fluida que parecía coreografiada. Todo estaba presente, pero sin ocupar espacio emocional. No hacía falta pensar en la tecnología; simplemente permitía que todo funcionara con naturalidad. Y en una celebración tan simbólica como el 40 aniversario de Apple en España, entendí que esa forma de integrar la innovación es fruto de una intención muy clara.

 

Lo que aprendemos cuando la tecnología desaparece del foco

Aquel evento transmitía una idea sencilla pero poderosa sobre la innovación: la importancia de dejar que la experiencia avance sin interrupciones. Apple había desplegado un nivel técnico impresionante, aunque no había nada que pidiera protagonismo. Ningún elemento buscaba imponerse, y precisamente por eso la atención se mantenía centrada en la música y en quienes la creaban. Todo estaba optimizado para que lo humano tuviese el espacio principal.

Esta manera de entender la tecnología tiene mucho que ver con la madurez. Significa diseñar para que las herramientas acompañen sin condicionar, que aporten valor sin distraer y que mejoren un proceso sin añadir peso. Muchos sectores, y el financiero entre ellos, a veces interpretan la digitalización como un incremento de opciones y elementos visibles. La experiencia demuestra que los mejores avances surgen cuando se despejan capas innecesarias y se construyen itinerarios más directos, más claros y más humanos.

En Sol, la tecnología actuaba como un soporte silencioso que permitía que todo fluyera. Creo que ahí hay una lección útil para nuestro trabajo diario: cuando una solución se integra con elegancia, la experiencia del usuario se vuelve más ligera y más intuitiva. Es el tipo de diseño que convierte una herramienta en algo casi invisible porque se adapta al ritmo natural de lo que la persona necesita hacer. Ese es el tipo de inteligencia que deberíamos buscar en cada proyecto.

 

En banca, nuestro producto es la confianza

Mientras observaba cómo la emoción del público avanzaba sin obstáculos, pensé en la relación entre un banco y sus clientes. En tecnología hablamos de rendimiento, arquitectura o funcionalidades; en banca solemos hablar de productos y operaciones. Ninguno de estos conceptos explica del todo lo que sostiene esa relación. La confianza es el elemento central y aparece cuando las personas sienten que pueden apoyarse en su banco, incluso cuando la situación es difícil.

Esa confianza se construye a través de detalles que muchas veces pasan desapercibidos. Puede ser un formulario que se completa sin errores, un proceso que no pide información repetida, una notificación que llega en el momento oportuno o una operación que se ejecuta sin sobresaltos. Son pequeñas señales que envían un mensaje claro: “Estamos contigo, puedes avanzar con tranquilidad”. El cliente no ve el esfuerzo que hay detrás, pero reconoce cuando todo funciona como debería.

Por eso cada interacción cuenta. Cada clic, cada pantalla, cada mensaje tiene el potencial de reforzar o debilitar esa relación. Cuando diseñamos procesos que acompañan, construimos una forma de cercanía. Cuando simplificamos, generamos claridad. Cuando anticipamos necesidades, ofrecemos seguridad. Innovar desde lo humano es, en el fondo, una manera de demostrar que sabemos cuidar aquello que realmente importa en nuestra actividad.

 

El desafío: diseñar tecnología que acompañe y no complique

La fluidez del evento me hizo reflexionar sobre cómo construimos los procesos en nuestro día a día. Allí, nada sobraba. Cada paso tenía sentido y ningún elemento exigía explicaciones adicionales. Ese nivel de coherencia es difícil de alcanzar y requiere partir desde la perspectiva del usuario. Cuando diseñamos desde la herramienta, tendemos a añadir capas; cuando diseñamos desde la persona, aprendemos a quitarlas.

En banca, la innovación aparece cuando resolvemos un problema que antes estaba ahí, aunque no siempre lo reconociéramos. También surge cuando eliminamos pasos innecesarios o cuando identificamos que una funcionalidad resulta útil sólo si se presenta en el momento adecuado. Es un trabajo constante de depuración, de escucha y de observación para entender qué aporta valor y qué lo limita.

La tecnología se convierte en un aliado poderoso cuando la utilizamos con esa intención. Nos permite estar más cerca, interpretar mejor las necesidades y ofrecer una experiencia que conecte con la vida real de las personas. Es un proceso que requiere tiempo, pero que construye relaciones duraderas. También es una oportunidad para que cada iniciativa esté alineada con un propósito compartido como equipo.

 

El futuro será de quien dé significado, no de quien acumule potencia

Lo que más me impresionó de la celebración del 40 aniversario de Apple en España fue que, aunque el entorno estaba repleto de dispositivos y sistemas avanzados, el centro seguían siendo las personas. La tecnología amplificaba la emoción sin restarle protagonismo. Esa también es exactamente la misma filosofía tras sus productos. Esta forma de trabajar encaja con una visión de futuro en la que la claridad, el acompañamiento y el propósito se convierten en los verdaderos elementos diferenciadores.

Estoy convencido de que los próximos años estarán definidos por quienes sepan utilizar la tecnología para ofrecer experiencias más comprensibles y más humanas. Transformar la complejidad en algo manejable será una ventaja real. En banca, esto significa aportar estabilidad en un entorno que cambia rápido, claridad cuando las decisiones son delicadas y simplicidad en momentos en los que todo parece avanzar demasiado deprisa. La tecnología nos da herramientas para lograrlo, siempre que haya un propósito claro detrás.

Cuando pienso en lo que viví en Sol, siento que aquella noche hablaba menos del pasado y mucho más de lo que está por llegar. El futuro no es una línea distante ni una abstracción tecnológica: es un lugar que empezamos a construir con cada decisión, cada diseño y cada gesto que hacemos hoy. La tecnología puede ayudarnos a iluminar ese camino, pero somos nosotros quienes le damos dirección. Y ahí reside nuestra responsabilidad y también nuestro privilegio: acompañar a las personas hacia un mañana que a veces asusta, pero que puede ser extraordinario si lo recorremos juntos. Cuando logramos que alguien avance con más claridad, más calma y más confianza, estamos poniendo la primera piedra de ese futuro compartido. Quizás no haya nada más emocionante, como equipo, que contribuir a que ese mañana llegue mejor preparado, más humano y más nuestro.